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Las hinchadas o barras en el balón pie

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La barra del Boca es la madre de ellas

Entran cuando tienen 13 ó 14 años, porque los lleva algún conocido del barrio. A las piñas, a los piedrazos o a los tiros, ascienden en sociedades que serán indeseables, pero funcionan como meritocracias, sin duda brutales, pero con reglas precisas. Y que no son despiadadamente exitistas: en las barrabravas hasta es válido perder bien. Hay que perder alguna vez para exhibir esos verdaderos trofeos que son las marcas en el cuerpo, los testimonios del aguante.
En el caso de Miguel, una desviación en el tabique nasal, un puntaza cuyo vestigio es una herida vertical en el bíceps, un balazo en la pierna. Miguel pasó los 50 y hace décadas que integra una hinchada de la que no termina de jubilarse. “Huracán es mi vida. Lo único que busco es respeto. Caminar por el barrio y que me respeten”, dirá, aunque en su vida -y no lo esconde- no todo habrá sido tan respetable.

Miguel no es de los que tienen pudor. No le molesta que le digan barrabrava, una palabra que todayía nadie había inventado cuando un tal Pepino -no en vano le decían el camomsta- inauguró la historia de los hinchas violentos con una acción internacional: el 2 de noviembre de 1924, mató a un hincha uruguayo tras un clásico en Montevideo. Lo que siguió al crimen desilusionará de plano a quienes imaginan que la cobertura de impunidad y los beneficios para los barras son una noticia moderna: Pepino huyó con éxito en uno de los vapores que se habían fletado para transportar a los muchachos… con pasajes a mitad de precio. El buque, misteriosamente, zarpó una hora antes del horario previsto.

Violencia y dinero se tomaron de la mano del fútbol tempranamente. Nunca se soltaron. Por dinero se pelea y ya ni siquiera los felices ascensos de los equipos son gratuitos para los clubes. Como disparan los presupuestos de los planteles, tambiénsubenlas exigencias de la hinchadas. Los últimos incidentes graves entre la hinchada de Godoy Cruz de Mendoza (con un chico de 15 años asesinado y un ataque incendiario a la casa de uno de los jefes) tuvieron como fondo la disputa por un ingreso económico de primera. Consideradas a sí mismas como parte vital del espectáculo, ellas también ascienden. El propio jefe fue procesado por elevar, no de buenas maneras, sus requerimientos a directivos y jugadores.

Si el dinero alimenta la violencia, suena como una paradoja que los directivos de los clubes acepten que a la vez opera como garantía de una cierta “paz social”. “Me gasto 5 mil pesos por mes en micros para mantener a los muchachos tranquilos. En general, cumplen” , le confiesa a Viva el presidente de un club de la B Metropolitana.

Golpes, aprietes y dinero

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El dinero que reciben de directivos y jugadores (“con mi plata hago lo que quiero”, dijo una vez Oscar Ruggeri, en un atanque de sinceridad) es la fuente directa de ingresos de las baITas. La entrega de entradas también es clave porque su reparto es el que determina las relaciones dentro de la hinchada. La reventa es común. En un club de la Capital que juega en la B Nacional la hinchada solía recibir unas entradas especiales: las vendían, con prepotencia, en la puerta de la cancha. “Si dudabas, te decían que fueras pordetenninado molinete. Yentrabas: estaba todo arreglado”, dice un hincha que probó el sistema.

A veces los clubes entregan carnets, también especiales, que las barras revenden, por ejemplo, para sostener a las familias de hinchas presos. La ropa es otro de los reclamos. “Se arregla con los proveedores. Ya saben que tienen que aportar un par de bolsos más para los muchachos” , revela otro directivo de un equipo del ascenso.

Y es la cantidad de dinero en juego la que determina el nivel de organización de cada barra. José Garriga Zucal, antropólogo e investigador de la violencia en el deporte, lo explica con claridad: “En la hinchada de un club chico, los pibes se empiezan a ir a los 22 ó 23 años, porque tienen que salir a hacer algo para ganarse la vida. La barra no rinde tanto. En un club más grande los hinchas dejan el lugar diez años después”. Garriga sabe de qué habla. Para realizar trabajo de campo, pidió permiso a las barras de Huracán y Colegiales para participar de sus rutinas. Junto a los hinchas de Cole, padeció, desde adentro, cinco batallas con hinchadas rivales y dos con la Policía.

El dinero no cumple sólo una función instrumental. “La distribución generosa es un mecanismo central para el consenso y la reproducción de la posición dominante dentro de la hinchada”, expone María Verónica Moreira, también antropóloga, que participó de una experiencia similar, pero con la barra de uno de los cinco equipos grandes. Comprobó que ningún jefe resiste en su puesto si no aprende a repartir. En River se dice que el reciente tiroteo en los quinchos fue una disputa por la mala distribución de los 60.000 pesos que manejaría la hinchada.

El núcleo duro -de dos a cuatro personas-es el que maneja el dinero. Está secundado por una línea de no más de 15 personas que cumplen funciones logisticas: desde gestionar los micros hasta explorar el territorio ajeno o guardar banderas. Detrás está la tropa, los pibes que entran con edad de preadolescentes. Hugo, un hincha de San Lorenzo que hoy evita los líos, empezó a ir con la barra a los 12. “Conocías a la gente del barrio y un día te subías a los camiones. Así empezabas, era algo natural. Pero la prueba de fuego era la primera pelea”, cuenta. Todavía suena en sus oídos la frase del jefe de entonces: “Los pendejos adelante”. Ese día, los pibes fueron el cebo para que la otra hinchada, confiada, reaccionara.

Después, batallaron los grandes. El primer combate -que puede ser una pelea interna en la barra-, es el rito de paso más común. Como Caronte, el barquero que guiaba hacia el inframundo griego, Miguel, de Huracán, nos ilustra sobre otros bautismos más extremos: “A los pibes se les enseña a ser malos. Una vez a uno que entró le bajaron los pantalones y empezaron a escupido para ver si se aguantaba la humillación. En la batalla es así, tenés que ser jodido, agresivo”.

A rey preso, rey puesto
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La segunda línea siempre está a la espera de una vacante en la cúpula. ¿Sirve, entonces, la fórmula de descabezar las hinchadas para bajar la violencia? Desde la Justicia aceptan los límites. “Hay que aplicar la ley, por supuesto. Pero no alcanza. Si descabezamos, van a venir diez que quieran ocupar ellugar, seguramente”, reconoce Martín Lapadú, el fiscal contravencional de la Ciudad que investigó a Alan Schlenker y Adrián Rousseau, capos de la barra de River.

El proceso de sucesión es el que está ocurriendo ahora en Boca. El mismo día que se entregó el Rafa Di Zeo, jefede La 12, en la propia puerta de la sede policial hubo una cumbre para perfilar un nuevo cuarteto de mando. A veces, el recambio se da con crudeza en la propia tribuna.

“Conocí el caso de un jefe al que mataron sistemáticamente a trompadas un partido tras otro… hasta que entendió”, explica la antropóloga Moreira, la intrusa que entró con permiso a la barra de un club grande. Como mujer, en un ambiente donde el machismo se afirma en cada acto, cumplió el rol que le tocó. “Si yo te doy una entrada y te pido que le lleves un sándwich a un pibe que está preso, vos no me podés decir que no”, le planteó uno de los jefes. En los micros comprendió que dentro de una hinchada las mujeres (casi siempre la novia o la hermana de) “más que personas son bienes a proteger”. Jamás permiten que una mujer vaya parada y las chicas no se tienen que bajar a pelear.

“La diferencia entre la gente y nosotros es que la gente no pelea”, sintetiza Miguel. Pelear es un valor positivo para la hinchada, y no bajarse del micro en un enfrentamiento en la ruta (cada vez más comunes desde que los operativos policiales complicaron los choques en las canchas) es la peor de las traiciones. Y lo contrario de la traición es el aguante, que tiene una dimensión moral. “Quien piensa que una persona entra a una hinchada sólo por motivaciones económicas, se está perdiendo una parte”, ensaya José Garriga.

Los hinchas enarbolan un honor que los motiva más allá (o además) del dinero. Luis Cevasco, jefe de los fiscales contravencionales de la Ciudad, conoce las conductas de los hinchas: “Las barras generan ansias de pertenecer y estar cerca. Por eso a Di Zeo le llevaban chicos de cuatro años para sacarse fotos con él”. El aguante también es resistencia al dolor. Como entrenamiento, en la tribuna, los hinchas se profieren entre sí sorpresivos cachetazos en la nuca. El barra íntegro debe reírse al recibirlos. Nunca mostrar flojeza.

La violencia es extorsiva, sí, pero también les sirve a los barras para hacerse ver ante propios y ajenos. Es esa misma visibilidad que otorga ocupar el centro de la tribuna y dejar un hueco en la ausencia. En el velatorio de José Omar Pastoriza, en la sede de Independiente, la corona que se ubicaba en dirección a la cabecera del féretro, bien en el medio, llevaba la faja: “La barra del Rojo”.

“La violencia de los barras no significa ninguna irracionalidad. Por el contrario, es racional, previsible, planificada, y por lo tanto explicable y evitable”, sostiene Pablo Alabarces, secretario de Posgrado de la Facultad de Sociales de la UBA, decano entre los
investigadores de la violencia en el fútbol.

“Los hinchas saben cuándo pelear, y cómo. Y hay códigos claros.” En los viajes en los micros, por ejemplo, está prohibido dormir, y hasta el consumo de drogas reviste lógicas. Cuando van de visitantes el conocimiento del territorio no es total, entonces evitan sustancias como el Rohipnol, un tranquilizante que produce torpeza al andar.

Aunque parezcan puro desmadre, las peleas tienen sus técnicas ensayadas. Los hinchas caminan inclinados de su lado menos hábil, para que los golpes recortan un espacio mayor y lleguen con más fuerza. El triunfador en los combates es el que avanza, o al menos se para. Pierde el que corre. Si no hay una victoria concreta, entonces habrá una victoria moral. “En el fútbol hay mucho chamuyo. Pero si no cobraste alguna vez, es porque no estuviste ahí”, sostiene Miguel.

Hay códigos que rara vez se vulneran. Aunque todas las hinchadas saben el lugar de reunión de las otras, esos territorios suelen respetarse. Para encontrarse, aunque los equipos no jueguen (conao sucede ahora con San Lorenzo y Huracán, que militan en categorías distintas), existen terrenos neutrales, como los boliches.

Miguel tiene en las piernas “un balazo por Huracán Y dos por la política”. Sobre los vínculos de las hinchadas Y el poder no hay dudas: hay barras asesores o ñoquis en los concejos deliberantes; o casos como los de las hinchadas de Almirante Brown o Chacarita, que trabajaban en la seguridad de los intendentes. Las barras también son escuelas de capacitación que nutren de conocimientas prácticos a los futuros guardaespaldas de la política.

Salvo que se posean “los teléfonos del poder”, como se pavoneaba Di Zeo -y aun así, se ve-, la protección tiene sus límites. Y para los barras la cárcel ho es un lugar muy cómodo. “Yo fui varias veces preso por Huracán -cuenta Miguel- y sé bien que a los presos no les gustan los barras. Piensan que es una baludez jugarse la vida por un club.”

Un barra también se define por su relación con la Policía. Se da un juego de negociación y choque. Lo notable es que los hinchas las viven como peleas entre dos sectores con un interés como pelearse. “La única diferencia entre la Policía y la hinchada es que unos tienen armas y otros no. Pero les gusta hacer lo mismo. A los dos nos gusta pegar” , se sinceró un hincha en un impagable testimonio que Alabarces publicó en sus Crónicas del aguante.

Para Gustavo Lugones, abogado y asesor del Coprosede -el organismo de la seguridad deportiva en la provincia- la esperanza para acotar tanta violencia está en la tecnología. “Vamos hacia un sistema donde cada espectador ingresará con su huella digital. Así se sabrá la identidad de cada uno”, dice. Un mayor confort y seguridad integral en los estadios tendrá que acompañar el proceso, apunta Alabarces, que ve la clave principal en un cambio cultural: “Cambiar la cultura del aguante por una que recupere el viejo valor festivo del fútbol”.

El fiscal Lapadú también se entusiasma con la tecnología: “Gracias a las cámaras, los hinchas dejan los dedos puestos”. Tuvo la misión de acusar a Alan Schlenker, uno de los jefes de los Borrachos del Tablón. En su juicio, Alan dijo que la palabra barrabrava le resultaba ajena y antes de irse, dejó su consejo: “La Justicia debe dedicarse a cosas más importantes”

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